lunes, 7 de noviembre de 2016

Kenji Nakagami y ese otro Japón

Kenji Nakagami es el enfant terrible de la literatura japonesa. Autodidacta, ganó sin embargo el más alto galardón literario de Japón, el Premio Akutagawa. Nació en 1946 en Shingu, en el ghetto donde viven los barakumin, los parias de la sociedad nipona. Ha atacado fieramente lo que ha llamado la “servidumbre mental nipona”, la ausencia de contestación, el ardor en el trabajo, la negación del individualismo, el respeto por las formas, por la autoridad y las jerarquías.
Japón no es un país aséptico, eficaz, organizado, productivo. Esa es la idea que trasmite la ideología imperial hacia el exterior y hacia los propios japoneses para que se mantengan tranquilos, nos dice Nakagami. Aparentemente Japón funciona a la perfección, su renta per cápita es de las más elevadas del mundo, desempleo mínimo; la miseria, ausente; la ancianidad, respetada; la sociedad estable y homogénea; la política, moderada; el fanatismo, prácticamente desaparecido; el refinamiento generalizado.
La represión que domina la vida en Japón la llama  este literato la “barrera invisible”, forjada por siglos de aprendizaje nacional que ha encerrado a cada japonés en un código represivo que les indica lo que debe hacerse y lo que no: El emperador es, se atreve a decir Nakagami, el símbolo de la esclavización.
 La tradición de la que se enorgullecen los japoneses no es tal. Se deriva del reciente periodo Meiji de finales de siglo XIX. Es, en palabras de Eric Hobsbawm, una verdadera “invención de la tradición”.  Fue durante la Era Meiji cuando la clase dirigente hizo creer que las reglas siempre habían sido respetadas. Era de hecho la una manera de negar a la población toda posibilidad de innovar por sí misma.
Es también Japón, agrega Nakagami, una sociedad excluyente. Excluye a los occidentales, que es el Otro por excelencia, y los designa con la palabra eufemística  y a veces irrespetuosa gaijin: los hombres de afuera. La exclusión no solo afecta a los extranjeros. Aflige también a los inmigrados, coreanos, chinos o filipinos que trabajan en Japón. Los japoneses no los “ven” y no los mencionan nunca.
 De manera más radical aún se ejerce una discriminación  despiadada desde hace siglos contra varios millones de auténticos japoneses que no se distinguen no por la raza ni por la lengua: los burakumin, una verdadera casta de intocables. Se estima que son unos cinco millones de estos japoneses genuinos que sufren de un ostracismo social y económico denigrante e indigno. Se les acusa de trasgredir las antiguas prohibiciones del budismo, ejercen profesiones despreciadas, sólo se pueden casarse entre ellos, viajan constantemente por el archipiélago en busca de reconocimiento. No lo logran, pues el koseki o registro del pasado familiar les impide conseguir trabajos. Empresas como Toyota o Nissan acuden a estos registros a la hora de contratar personal. Uno de los más destacados burakumin es precisamente Nakagami, quien se ha atrevido a reivindicar a su gente y a sí mismo como burakamin.
Este novelista nos traza así un cuadro de la sociedad japonesa contrario a las apariencias: lejos de ser homogénea y civilizada, es en realidad jerárquica, conminatoria, profundamente desigualitaria, basada en la exclusión del Otro y en la marcación de chivos expiatorios, como los barakumin y los inmigrados. Con la prohibición de hablar de ello, ni entre sí, ni a fortiori con los extranjeros: el hecho de mencionar estas prohibiciones conduce a la marginación social.
Las elites, dice Nakagami, desconfían de todo lo que venga del pueblo llano japonés. Prefieren inspirarse en el extranjero: Japón siempre ha importado. Es el caso del budismo que viene de China y Corea, la ciencia y la técnica de Estados Unidos, el Código Civil de Francia, el orden militar de Alemania. Y lo que es peor, Japón solo exporta  a Occidente objetos, no contenido.
Nakagami murió en 1992 con solo 46 años a cuestas. Un violento cáncer acabó en seis meses su vida de trasnochador amante del jazz, el teatro y adicto al alcohol de sochu. Eligio una forma de suicidio distinta a la tradicional japonesa: el harakiri. Nos deja una producción literaria interesantísima: El Cabo, su novela más personal; Mil años de placer, El mar de los arboles muertos. Nos ha mostrado este novelista ese otro Japón del cual no nos atrevíamos ni siquiera imaginar, universalizando a una minoría: los barakumin.  

sábado, 8 de octubre de 2016

El idiota de la familia


Cierta vez un compañero de estudios, medio loco él, me pidió que le ayudara a mudar su biblioteca, allá en la Mérida de los años 1970. Gabrielito, como le decíamos, me regaló al final de aquella tarea una novela que yo desconocía: Madame Bovary. Su autor era parecido a mi amigo, pues ambos sufrían de una especie de neurosis que los conducía a ataques de melancolía y de  misantropía. La leí con bastante agrado y me pareció una obra muy bien construida en lengua francesa, la lengua de la precisión idiomática.
Gustave Flaubert es el creador de aquel monumento de la literatura, que se desarrolla en una mogigata localidad de la Normandía del siglo XIX. El argumento es simple como ninguno, pero el tratamiento literario que le da Flaubert es extraordinariamente novedoso: una mujer común y corriente se casa con un médico bonachón que raya en la simpleza. Emma no es feliz y se aburre. Se entrega a los amantes y se endeuda para  mantenerlos a su lado. La familia se arruina por efectos de esa conducta. Ella  termina envenenándose con arsénico desesperada por las deudas y el abandono de sus amantes.
Años después me encontré con un breve pero genial ensayo de Mario Vargas Llosa: La orgía perpetua de Madame Bovary, que leí de un tirón, pese a las innumerables citas en francés, lengua que no domino bien. Es la primera novela moderna, afirma el peruano, quien agrega que al leer la novela de Flaubert sufrió lo que ha llamado un proceso de vampirización de su atención que pocas veces ha conseguido en otras obras literarias. 
La saga de mis lecturas continuó con El idiota de la familia, gigantesca obra inconclusa de 1.000 páginas con la que cierra su producción literaria y filosófica Jean Paúl Sartre. Es un estudio minucioso, hasta el más mínimo detalle, de la vida de Flaubert, que se basa en el método fenomenológico que Sartre aprendió en Alemania de las manos de Husserl y Heidegger. Es el método de la empatía o compenetración que el marxista Sartre combina con lo que llama una psicología profunda existencial para lograr la comprensión de este caso individual.


Sartre se coloca en la situación de Flaubert, ambos franceses y neuróticos, ambos han hecho de la escritura una forma de vida. Es la gran originalidad de esta obra, pues su autor crea su propia metodología: todas las ciencias rompen allí sus fronteras y se compendian para comprender, más no explicar, ese fenómeno idiosincrático, único en su singularidad que es Flaubert.
Gustave es un bueno para nada, pasa largas horas de ensimismamiento. Aprendió a leer a los nueve años: es el idiota de la familia, y que sin embargo será  a la postre uno de los mejores novelistas franceses. ¿Cómo comprender este fenómeno tan excepcional? Sartre analiza su obra a la luz de su vida, sus innumerables cartas, o anotaciones en un diario, o manifestaciones de familiares o amigos.
 Flaubert traslada al papel sus propios problemas, como hiciera Edgar Allan Poe. Por ello la obra de Sartre se explaya en largas explicaciones sobre el vasallaje, el fracaso, la inferioridad, el resentimiento y la envidia. Gustave es la historia de un fracaso. El método sartreano de análisis es el regresivo y la síntesis progresiva.  Aplica el primero a la dificultad de Flaubert para el aprendizaje de la lectura, en tanto que el segundo a la pasividad del niño que observa a lo largo de su toda vida. Un padre autoritario y una madre glacialmente afectiva moldean la existencia del escritor.
El titulo de la obra es una provocación, pues sus padres no lo consideraron un idiota, pero lo juzgaron de menos luces que su hermano mayor. Por ello el primogénito estudiara medicina como su padre. Gustave, en cambio, fracasará como estudiante de jurisprudencia. Es su “pasividad activa” que él mismo eligió. Es su resentimiento producido por la constante comparación con su primogénito. Digamos que su familia lo marca de forma indeleble, pero que su elección por la literatura es una transgresión a los moldes férreos de la familia.
La neurosis hace su aparición en esa alma atormentada. Es un ataque epileptoide en el cual se refugia Gustave para emprender sus actividades literarias. Es la huella de Freud, sin duda. La enfermedad es una regresión a la infancia y un asesinato simbólico de su padre. El fracaso lo convierte en genio a base de la  imaginación, la estética, el  estilo, el lenguaje con el cual convierten lo indecible en comunicable. “Quien pierde, gana”, concluye Flaubert. 
 La obra de un neurótico no es una obra neurótica, dice Sartre como  contradiciendo a Max Nordau, quien afirmaba que los degenerados y enfermos mentales producen obras de arte. En un análisis que hice a la literatura modernista de Baudelaire, Poe, Lautréamont, Verlaine, Darío y Lugones, a la cual ataca duramente el escritor larense Rafael Domingo Silva Uzcátegui, me encontré que este curarigüeño no coloca a Flaubert entre los degenerados.




Cristóbal Colón, ferviente cristiano

El historiador  Lucien Febvre sostenía que el  siglo XVI “es un siglo que quiere  creer”, y que, en consecuencia, no podía haber incredulidad y ateísmo en esa centuria. Ateniéndonos a tan sólido argumento, examinemos la personalidad del almirante genovés, estado de ánimo fuertemente dominado por el ardor religioso. Era un ferviente católico, un puro hombre de la Edad Media que no esta en capacidad de advertir las complicaciones racionalistas del Renacimiento.
Se consideraba directamente tutelado por el Cielo y se tenía por obligado a corresponder a tal favor con la entrega de sus facultades al servicio de Cristo.  Las Casas decía que era en cosas de la religión cristiana  un hombre de mucha devoción. Todos sus escritos comienzan con una invocación a la virgen María, se abstenía de juramentos, ayunaba fielmente, confesaba y comulgaba con frecuencia, rezaba las horas canónigas, y profesaba especial devoción por San Francisco.

Hay quienes sostienen que fue un profundo conocedor de la Biblia y dan una interpretación hebraísta al sentimiento que sentía  por el rescate del Santo Sepulcro, en manos entonces del turco infiel. Cultivó el genovés amistad con muchos eclesiásticos, incluyendo correspondencia con los papas Alejandro VI y Julio II.

Todos estos rasgos  del Almirante nos preparan  para adentrarnos en la génesis del “descubrimiento”. El proyecto primero y completo de Colón refundía todos los grandes anhelos de la cristiandad medieval y los resolvía a la vez: el comercio directo con las especiarías orientales: Catay y Cipango, el reencuentro con los misteriosos y evasivos cristianos antiguos de Asia del tipo de Preste Juan y su mítico reino, el cual capturó la imaginación de Occidente, y que había que incorporarlo a la fe. Junto a ello agreguemos el acabamiento triunfal del ideal de las Cruzadas con el recobro de la ciudad santa de Jerusalén. Este es un programa de una amplitud universal y de un entusiasmo mesiánico que obligan a pensar en las visiones de los profetas de Israel.
¿Y los descubridores? Lucien Febvre nos dice que: “Lo que ellos hacían nacer con sus descubrimientos, en sus almas mesiánicas, era un asombroso y antiguo fervor proselitista. Portugueses, españoles, italianos y franceses, todos ellos se vanagloriaban durante años, durante decenios, de no haber recorrido el mundo para comerciar, sino para navegar, combatir, superar todos los peligros y, sobre todo, ensanchar los límites del cristianismo: hacer cristiano al rey del Congo, para permitir al rey de Abisinia enviar embajadores a Roma y negociar las relaciones de su pueblo cristiano con el vicario de Jesucristo, para abrir, en suma, a las enseñanzas del Divino Maestro las orillas de Océano Indico, las de la India, las islas de Insulindia, la China y, muy pronto, Japón...”
Las Bulas de 1493 están signadas por el espíritu de la Evangelización, rasgo premoderno y particularmente español: “Entre las demás obras agradables a la Divina Majestad y deseables a nuestro corazón, esto es ciertamente lo principal: que la Fe Católica y la Religión Cristiana sea exaltada sobre todo en nuestros tiempos, y por donde quiera se amplíe y dilate, y se procure la salvación de las almas y las naciones bárbaras sean subyugadas y reducidas a esa misma fe.”
   Jacques Lafaye nos habla de que fue bajo una “visión bíblica” del mundo fue como los conquistadores del siglo XVI interpretaron la nueva realidad de un continente y unas tierras nuevas que auguraban la segunda venida de Jesucristo en La Parusía. Al llegar al Nuevo Mundo pensaron aquellos hombres que estaba muy cerca la Parusía, momento que solo habría de producirse cuanto todos los habitantes del orbe conociesen la verdadera religión de Cristo. Conectada a esta idea estaba otra  profundamente arraigada entonces: el Milenio, es decir que el mundo era ya un mundo viejo, cansado y que por tal motivo estaba a las puertas de una renovación total en Cristo.  El descubrimiento del Nuevo Mundo era una prueba de que este designio de Dios estaba próximo a hacerse realidad.  
Evitemos el anacronismo, es decir la tendencia de la mente humana a modernizar el pasado y ver la empresa indiana como una pura actividad económica: que la sola sed de oro y riquezas motivó el descubrimiento y la conquista de América. Hubo motivaciones espirituales  que, nosotros, hombres del siglo XXI racionalista, no atinamos a comprender.